En mis clases de filosofía suelo utilizar el deporte como metáfora de la vida. En una de las últimas reflexionamos sobre la virtud, entendida como excelencia que permite a quien la posee realizar de la mejor manera su condición. Pregunté a propósito a mis estudiantes que cuáles consideraban que eran las virtudes de un deportista, de una deportista. Mi alumna Gema (@GemiitaR5), futbolista de talento y apasionada filósofa, elaboró una meditada lista de virtudes colectivas: generosidad, altruismo, empatía, solidaridad, compañerismo, humildad, cooperación... Hice de abogado del diablo al preguntar si era por cualidades como esas que los cracks del fútbol, los futbolistas excelentes, costaban una cantidad tan indecente de dinero. La chica, que captó a la perfección mis intenciones, aceptó que, mal que la propaganda los maquille, en el podrido mundo del deporte profesional ídolos como Messi o Ronaldo no son valorados precisamente por sus virtudes morales (en más de una ocasión su comportamiento es, por el contrario, enormemente egocéntrico e insolidario), sino por sus cualidades técnicas y su codicia de depredador. Sin embargo, ella dejó bien claro que no entendía que se pudiera ser buen futbolista sin ser excelente persona, entendiendo que las buenas personas son aquellas que hacen del vínculo social su prioridad existencial.
jueves, 6 de febrero de 2014
LAS VENTAJAS DEL NOSOTROS
En mis clases de filosofía suelo utilizar el deporte como metáfora de la vida. En una de las últimas reflexionamos sobre la virtud, entendida como excelencia que permite a quien la posee realizar de la mejor manera su condición. Pregunté a propósito a mis estudiantes que cuáles consideraban que eran las virtudes de un deportista, de una deportista. Mi alumna Gema (@GemiitaR5), futbolista de talento y apasionada filósofa, elaboró una meditada lista de virtudes colectivas: generosidad, altruismo, empatía, solidaridad, compañerismo, humildad, cooperación... Hice de abogado del diablo al preguntar si era por cualidades como esas que los cracks del fútbol, los futbolistas excelentes, costaban una cantidad tan indecente de dinero. La chica, que captó a la perfección mis intenciones, aceptó que, mal que la propaganda los maquille, en el podrido mundo del deporte profesional ídolos como Messi o Ronaldo no son valorados precisamente por sus virtudes morales (en más de una ocasión su comportamiento es, por el contrario, enormemente egocéntrico e insolidario), sino por sus cualidades técnicas y su codicia de depredador. Sin embargo, ella dejó bien claro que no entendía que se pudiera ser buen futbolista sin ser excelente persona, entendiendo que las buenas personas son aquellas que hacen del vínculo social su prioridad existencial.
jueves, 2 de enero de 2014
NO ESPERO NADA DE TI
Original publicado en la Revista Basket Fem Enero, 2014
El
baloncesto de formación es territorio de grandes expectativas. Si
uno tiene hijos que juegan y a los que desde bien pequeñitos
acompaña, sábado sí y domingo también, por todos los patios de
colegio de la localidad, es difícil no acabar soñando con que en
una de estas se nos hacen un Ricky Rubio o una Amaya Valdemoro y nos
dedican emocionados la canasta que en el último minuto da la
victoria a la Selección Española en la final de los Juegos
Olímpicos. Nada más justo para unos padres que desear “lo mejor”
para sus hijos. Nadie puede reprocharnos que soñemos con vidas
extraordinarias para los nuestros. Los hombres y las mujeres nos
alimentamos de esperanzas; humano es considerar el futuro de los
hijos como dorado manjar para nuestro apetito.
Me
preocupa, no obstante, que acabemos confundiendo el mapa con el
territorio e impongamos a los hijos nuestra peculiar visión de lo
que deberían ser sus
vidas. Muchas veces me he preguntado si a los padres nos ampara
algún derecho a esperar algo de nuestros hijos, tal vez porque nunca
he asumido que esperar mucho sea sinónimo de amar mucho. Al menos no
con ese amor que es gratitud por lo que se recibe en lugar de
reproche por lo que se echa en falta. El amor por los hijos es a los
padres como el valor a los soldados: se les supone mientras no se
demuestre lo contrario. Y sin embargo, cuánto amor condicionado pasa
por amor desinteresado, cuánto bien del hijo no es más que
impostado amor propio: “Me he sacrificado mucho por ti. No voy a
permitir que me defraudes”.
Los
hijos no son propiedad de los padres. Tampoco son ausencia o anhelo.
Yo prefiero verlos como medida de nuestra potencia para dar vida, en
el profundo sentido existencial del término y no en el estrictamente
biológico. “Quiero hacer contigo lo que la primavera con los
cerezos”, escribió Pablo Neruda. Qué gran declaración de amor,
también hacia nuestros hijos. La alegría es el triunfo de esa
potencia. La decepción, su fracaso. Quien ama bien a un hijo goza,
por encima de todo, de su existencia. Se alegra por lo que es, no por
lo que imagina que llegará a ser. Nunca, por tanto, se siente
desilusionado.
El
poder de ese amor es enorme, pero no siempre la potencia es buena.
Por excesiva, por expansiva, a veces debe ser atemperada. Amar
a los hijos también implica saber retirarse, comprender que debemos
existir menos para que ellos puedan existir mejor. Eso significa
sacar nuestros sueños de los suyos, evitar abrumarlos con nuestras
esperanzas y expectativas, proteger su fragilidad de nuestras
exigencias y de sus autoexigencias, dejar de servirnos de sus
incertidumbres reafirmando nuestra capacidad para darles lo que más
les conviene. Sin
renunciar a usar al máximo nuestra potencia, nuestros hijos jamás
podrán desarrollar la suya. El verdadero amor es comburente y no
combustible; no arde, sino que hace arder.
Mañana,
vuelvan a mirar desde la grada a esos chavales que se mueven por la
cancha de baloncesto. Déjenlos allí y vayan a tomar un café con
los amigos. En la tertulia, olviden por un momento las medallas y los
campeonatos, desentiéndanse de Amaya Valdemoro y de las canastas
ganadoras. Quién sabe, puede que detrás de tanto esfuerzo, de tanta
insistencia por entrenar cada tarde y jugar partidos cada fin de
semana, quizás no se esconda el deseo incontenible de triunfar en el
baloncesto profesional, ni siquiera de ganar la liga escolar, sino la
sencilla apetencia de estar un rato junto a los compañeros y olvidar
durante un par de horas las amarguras del día. Respeten ese espacio.
No lo invadan. No traten de acomodarlo a sus esperanzas. Es el lado
débil, el lado frágil. El lugar donde no hay cabida para otros
sueños que los de sus hijos.
jueves, 5 de diciembre de 2013
¡UN PALO!
original publicado en la Revista Basket Fem Diciembre 2013
Estos días
hemos escuchado en clase de filosofía una antigua canción de Pink
Floyd que habla del tiempo y de la extendida costumbre entre la
juventud de perderlo en naderías, como si su cuenta corriente de
minutos dispusiera de un crédito ilimitado. No he hablado demasiado
bien del mensaje de Time, que así se llama la pieza. Al
contrario, les he transmitido a mis estudiantes que vivir no es un
problema de economía del tiempo sino de prodigalidad de
oportunidades y que la mayoría de las veces eso que los adultos
llamamos “perder el tiempo”, ese “no hacer nada” que tanto
nos enerva de los jóvenes, coincide con momentos de plenitud que
sería delito desaprovechar. Les mencioné como ejemplo el juego,
recordando la última campaña de una conocida marca de refrescos
sin burbujas que ha tenido la feliz ocurrencia de reivindicar la
desbordante imaginación y la infinita creatividad que es capaz de
desplegar un individuo de la especie humana, si no median prejuicios
y acomodamientos, cuando se pone en sus manos un simple palo, una
piedra o una caja de cartón. Por el poder del juego, la desnuda
realidad de la madera, la piedra o el cartón es transformada en
varita mágica, joya extraterrestre o nave ultraveloz con la que
surcar el firmamento sin salir del salón de casa.
domingo, 3 de noviembre de 2013
SEXO DÉBIL
Original publicado en la revista Basket Fem Noviembre 2013
En estos días de Octubre, en los que trato de llegar puntual a mi cita mensual con Basket Fem, dos acontecimientos abren las portadas de los informativos. El primero, la muerte de la piloto de Fórmula 1 María de Villota; el segundo, la concesión del Nobel de Literatura a la octogenaria escritora canadiense Alice Munro. Por singular, el triunfo social de una mujer suele despertar un inusitado interés, probablemente impulsado por la convicción de que para llegar hasta allí ellas habrán tenido que superar muchos y más difíciles obstáculos que sus homólogos masculinos. Al conocer estas noticias muchos de ustedes, al igual que yo, se habrán preguntado (retóricamente puesto que ambos sabemos de antemano la respuesta) por cuántas mujeres habrán recibido tanto el galardón de la Academia Sueca como la FIA Super Licence a lo largo de sus respectivas historias. Pues bien, desde 1901 solo 12 premios Nobel de literatura han sido mujeres; solo 7 mujeres han sido pilotos de Fórmula 1 desde 1927. Datos que se añaden a otros sobradamente conocidos, como el que indica que el número de mujeres que ocupan cargos directivos en España no llega ni al 15% del total , pese a que ellas suponen el 51% de los titulados superiores y el 44% de la fuerza laboral de nuestro país. También en el universo del balón naranja las estadísticas exponen la desigualdad real entre hombres y mujeres: solo 1/3 del total de licencias federativas expedidas en España en 2012 correspondía a jugadoras de baloncesto. Los hechos son testarudos y a pesar de que desde los púlpitos del poder se de por superado el problema de la discriminación por género (eso sí, al tiempo que se subvenciona con fondos públicos a centros privados que educan en aulas segregadas), la realidad es que, aunque formalmente iguales ante la ley, si una mujer quiere que la actividad que realiza adquiera relevancia y reconocimiento social tiene que desempeñarla muchísimo mejor que cualquier hombre. Más allá del convencionalismo legal aún no se han impuesto ni la lógica ni la ética de la igualdad entre hombres y mujeres.
miércoles, 2 de octubre de 2013
AUTOESTIMA
Original publicado en la revista Basket Fem. Octubre 2013
Mi amigo y compañero Sergio Risoto (@sergiorisoto) suele decir con mucho acierto que un buen entrenador consigue que sus jugadoras confíen en él, pero que un entrenador excelente logra que sus jugadoras confíen en sí mismas. Creo que el talento al que se refiere Sergio, y que en él brilla con prodigiosa nitidez, es deseable no solo para entrenadores sino también para padres, madres y compañeras de equipo. De todos los juicios a los que se somete una jugadora, el más importante es el suyo propio y a la formación de ese juicio contribuyen decisivamente las personas más cercanas.
Cuando en mis clases hablo de la autoestima suelo proponer a los
estudiantes el siguiente juego: doy a cada uno un trozo de papel que simboliza
la cantidad total de autoestima con la que cada
cual cuenta. A continuación voy relatando una serie de acontecimientos
cotidianos y pido que cada uno le arranque al papel un trozo equivalente a la
confianza en sí mismo que dicho acontecimiento le haría perder. Siempre las
rasgaduras más importantes se producen cuando leo supuestos relacionados con
minusvaloraciones de su persona y nefastos augurios de su porvenir procedentes
de quienes son para ellos referentes vitales básicos: padres, amigos,
maestros... He visto a algún estudiante acabar con la totalidad del papel tras
escuchar un par de desafortunados supuestos de ese género.
La adolescencia es una de las fases más críticas en el desarrollo de la
autoestima. La chica necesita forjarse una identidad firme y conocer a fondo
sus posibilidades como individuo. Si durante esta etapa la ayudamos a forjar un
sólido autoconcepto, le será relativamente fácil superar la crisis y alcanzar
la madurez. Si la hacemos sentir poco valiosa, correrá el peligro de buscar la
seguridad que le falta por caminos aparentemente fáciles y gratificantes, pero
a la larga destructivos.
viernes, 6 de septiembre de 2013
EL LADO DÉBIL
El
filósofo alemán Inmanuel Kant nos legó uno de esos principios que,
a modo de clave de bóveda, pueden ayudarnos a levantar la cúpula
del edificio social: «siempre debes tratar a las personas como si
fueran una finalidad en sí y no como un medio para otra cosa». Nada
en este mundo (sea lo que sea) tiene el valor de una persona (sea
quien sea). En el universo nada brilla más que la dignidad humana.
Minusvalorarla es, sin embargo, como meterse el dedo en la nariz: en
público denostamos tan fea costumbre, pero atacamos con furia
nuestras fosas nasales en el primer semáforo en rojo con el que nos
topamos.
Por
desgracia, la vida oferta demasiadas oportunidades de olvidar la
máxima kantiana, innumerables semáforos en rojo en los que
detenernos a hurgar en las narices de nuestra dignidad. Quizás
porque cada cual, como decía Séneca, tiene en su interior
pretensiones de rey y quiere tener sobre los demás autoridad
absoluta.
Así
lo demostramos cuando, no siendo en la calle gran cosa, entramos en
la cancha (como entrenadores, pero también como padres y madres de
jugadoras o como directivos de club) y nos convertimos en sátrapas
de una minúscula nación de pequeñas súbditas. Cegados por el afán
de protagonismo, tal vez dominados por inconfesables complejos o
desvelados por viejas frustraciones, cambiamos el oro de la educación
por el oropel del triunfo y nos damos al innoble vicio de la
dominación con un deleite que a menudo parece patológico. De ese
modo, la chica que aparece un buen día por nuestro club buscando
orientación, amigos y diversión; que nos da el cheque en blanco de
su confianza, se convierte en juguete de nuestros caprichos, en puro
instrumento de nuestras bajas pasiones al que, cuando ya no
necesitamos, abandonamos en la cuneta como cáscara vacía.
En
baloncesto llamamos lado débil al espacio de la cancha donde
erróneamente los defensores se sienten desconectados del balón,
olvidando que allí se construye juego real. Metáfora de la vida, el
lado débil nos enseña que debemos reparar no solo en el foco sino
también en lo desenfocado. En
ese lado débil no hay ganadoras ni perdedoras. Ni siquiera
jugadoras. Hay niñas que
habría que respetar más allá de
vanidades o necesidades; adolescentes a las que, bajo ninguna
circunstancia, deberíamos invitar a rendir derechos. Creo que si
Kant hubiese sido coach
además de filósofo, habría dejado escrito que el
mundo, como el juego, sería más razonable si defendiéramos el lado
débil como verdadero lado fuerte; si, como diría Séneca, nos
esforzásemos más por tener autoridad sobre nosotros mismos que por
engordar nuestras pretensiones de rey.
¿Y
qué hacemos con los semáforos en rojo? Pues sencillamente los
aprovechamos para cambiar el dial de la radio.
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