jueves, 12 de febrero de 2015

MACDONALIZAR UNA CANTERA


original publicado en Revista Basket Fem, Febrero 2015

Hace apenas unos meses mostraba en estas mismas páginas mi más sincera admiración por Francis Tomé, un entrenador orgulloso de competir anteponiendo la formación de cada uno de sus chavales a los resultados del equipo. Eran los momentos gloriosos del equipo filial de Unicaja, que dejaba boquiabiertos a propios y extraños por el desparpajo de un puñado de jovenzuelos capitaneados por un técnico que ganaba prestigio en el baloncesto nacional haciendo, como él solía repetirnos, ni más ni menos que lo que diariamente acostumbramos a hacer los entrenadores de base en nuestros respectivos clubes. Francis también recibía felicitaciones y parabienes desde todas las instancias de su club. Eran tiempos dichosos en los que se blasonaba de cantera y se pregonaba a los cuatro vientos que los valores de la formación trascendían el estrecho horizonte de los resultados. Hace unas semanas que Tomé ha sido cesado, que ironía, por los mismos resultados que antes no eran esenciales. No es casualidad que las cañas se hayan tornado lanzas contra Francis: él no ha abjurado de su credo; son sus jefes los que nunca lo compartieron.
¿Por qué nos rendimos tan gustosamente a la dictadura de los resultados? ¿Qué hace que muchos entrenadores de base y directivos de clubes de cantera ni siquiera puedan contemplar una alternativa? Toda profesión necesita de una filosofía, de un paradigma teórico en el que basar, consiente o inconscientemente, sus actuaciones. Pareciera, a la vista de los acontecimientos, que canteras deportivas como la de Unicaja hayan apostado por la “MacDonalización”, un modelo organizativo inspirado en el funcionamiento de la universalmente conocida cadena de restaurantes de comida rápida que también inspira un universal y fanático culto a la velocidad y a la rentabilidad.

George Ritzer, el sociólogo que acuñó el término, establece cuatro características para las organizaciones macdonalizadas entre las que, me temo, podrían encontrarse muchos clubes de cantera:
Eficacia: El cliente de MacDonald pasa de la necesidad a la satisfacción en un tiempo récord. La formación del deportista, bajo el influjo de este modelo, se reduciría a un simple cuestión técnica y el entrenador se convertiría en mero especialista en métodos y recursos a quien, por encima de todo, se exige productividad inmediata.
Cálculo: En MacDonald se equipara engañosamente cantidad con calidad: mucha comida es muy buena comida. Así, mientras pensamos que hacemos buen negocio en adquirirla olvidamos que las bebidas van cargadas de hielo y los cartuchos de patatas están diseñados para que éstas sobresalgan por arriba. En un club de cantera las victorias son, demasiadas veces, como los panecillos de los Big Mac: hacen parecer grande a una hamburguesa pequeña.
Predicción: Una hamburguesa MacDonald es la misma en cualquier parte del mundo. El color, la textura, el grosor, hasta el número de aros de cebolla, están rigurosamente previstos. Tentadora seguridad que, sin embargo, elimina cualquier posibilidad de sorpresa, de innovación: a cambio de garantizarnos que nunca nos van a dar un producto horroroso nos privan de la posibilidad de disfrutar, alguna vez, de algo maravilloso. En las canteras macdonalizadas se valora más ganar cada año el campeonato de España cadete o salvar la categoría con plantillas de final de trayecto, que sorprendernos de vez en cuando con una nueva estrella que sube al equipo profesional.
Control: En McDonald todo está mcdonalizado, es decir, controlado y automatizado. La organización adoctrina a los empleados para que realicen sus rutinas de determinada manera, con la intención de que ningún solista eclipse a la orquesta. En las canteras macdonalizadas la filosofía del entrenador solo cuenta si acompaña al proyecto de la organización, es decir, si sirve para ganar partidos. El entrenador se convierte así en un rehén de dictados ajenos, al que se interviene y controla desde fuera y se tira a la cuneta como cáscara vacía cuando la proporción entre victorias y derrotas le es desfavorable.

Líbrenme los dioses de teorizar sobre lo que debe ser un club de cantera, doctores tiene la Iglesia y yo no me encuentro entre ellos. Sin embargo, un deportista de élite me parece más una exquisita creación culinaria en la que se invierten cantidades ingentes de profesionalidad, tiempo, investigación, creatividad y medios que un triste MacPollo. Y en eso, Francis Tomé seguirá siendo el Ferrán Adriá del baloncesto malagueño. Lástima que Unicaja no quiera ser elBulli.