viernes, 6 de junio de 2014

SOY EL MEJOR TÉCNICO DE LOS EQUIPOS QUE NO ENTRENO


original publicado en la revista Basket Fem junio 2014

Se nos acaba la temporada. Jugadoras y jugadores guardan las botas de basket y sacan a pasear las chanclas de playa buscando la necesaria desconexión con los horarios, los entrenos y las miserias y grandezas de la competición. A los entrenadores nos llega la hora de llevar nuestro ánimo a cuentas, repasar nuestra libretas y preguntarnos, como hacían los antiguos pitagóricos cada día antes de irse a dormir: ¿De qué defectos nos hemos curado esta temporada? ¿Qué vicios hemos combatido? ¿En qué hemos mejorado? Difícil tarea, porque cada cuál es para sí el más lejano. Y dolorosa, porque nuestro interior alberga espejos que nos devuelven imágenes grotescas de nosotros mismos.

Quizás por eso nos sentimos tentados de eludir la introspección y de refugiarnos en el confortable limbo del futuro, donde las cuentas a priori siempre cuadran. Nada que objetar si en ese proceso mental me abstengo de incluir juicios sumarísimos sobre el trabajo de los demás para así elevar mi autoconcepto. Sin duda que en mis confidencias con aquellos que garantizan la inmediata ruptura del secreto y su correspondiente emisión en radio patio, yo me postulo inventando para el equipo de mi colega un ataque letal; sin duda que si el club me hubiera dado ese equipo, yo podría haber construido una defensa demoledora en lugar del coladero que ha sido; sin duda que conmigo en pista los entrenos habrían sido infinitamente más divertidos y dinámicos; sin duda que conmigo en el banquillo ese partido decisivo jamás se habría escapado, porque yo nunca me permito, como otros, torpezas a la hora de leer el juego del rival; sin duda que conmigo al mando las familias nos levantarían altares en lugar despotricar y pedir cabezas. Sin duda que conmigo las nubes serían de algodón dulce y las fuentes manarían leche y miel. Sin duda. Porque yo, como todos, soy el mejor técnico de los equipos que no entreno y nunca yerro cuando pongo la diana después de disparar la flecha.
Afirma John Carlin que el deporte fue inventado precisamente para que nos podamos despachar a gusto, diciendo cualquier barbaridad que se nos venga a la cabeza con la tranquilidad de saber que tiene mínimo impacto sobre el bienestar de la especie. Es cierto que ese divertimento tiene un pase cuando se refiere a las figuras de la élite (en parte les pagan sus elevados salarios para que aguanten nuestras idioteces), pero resulta del todo punto inaceptable cuando nos movemos en el terreno de la formación y el amateurismo.

En este final de temporada volvamos nuestra mirada hacia el interior. Tratemos de conocernos mejor como personas antes incluso que como entrenadores. Practiquemos la autocrítica con máximo respeto hacia nosotros mismos. Procuremos mejorarnos. Y dejemos de buscar permanentemente excusas en los demás. Puede que en esta profesión, como en la vida, lo más razonable sea limitar nuestros deseos a lo que es factible y entender que para disfrutarla plenamente lo único que necesitamos es cierta seguridad básica, salud, raciocinio y la compañía de esos buenos camaradas que nunca pretendieron entrenar a otros equipos que no fueran los suyos.