original publicado en Revista Basket Fem, Febrero 2015
Hace
apenas unos meses mostraba en estas mismas páginas mi más sincera
admiración por Francis Tomé, un entrenador orgulloso de competir
anteponiendo la formación de cada uno de sus chavales a los
resultados del equipo. Eran los momentos gloriosos del equipo filial
de Unicaja, que dejaba boquiabiertos a propios y extraños por el
desparpajo de un puñado de jovenzuelos capitaneados por un técnico
que ganaba prestigio en el baloncesto nacional haciendo, como él
solía repetirnos, ni más ni menos que lo que diariamente
acostumbramos a hacer los entrenadores de base en nuestros
respectivos clubes. Francis también recibía felicitaciones y
parabienes desde todas las instancias de su club. Eran tiempos
dichosos en los que se blasonaba de cantera y se pregonaba a los
cuatro vientos que los valores de la formación trascendían el
estrecho horizonte de los resultados. Hace unas semanas que Tomé ha
sido cesado, que ironía, por los mismos resultados que antes no eran
esenciales. No es casualidad que las cañas se hayan tornado lanzas
contra Francis: él no ha abjurado de su credo; son sus jefes los que
nunca lo compartieron.
¿Por
qué nos rendimos tan gustosamente a la dictadura de los resultados?
¿Qué hace que muchos entrenadores de base y directivos de clubes de
cantera ni siquiera puedan contemplar una alternativa? Toda profesión
necesita de una filosofía, de un paradigma teórico en el que basar,
consiente o inconscientemente, sus actuaciones. Pareciera, a la vista
de los acontecimientos, que canteras deportivas como la de Unicaja
hayan apostado por la “MacDonalización”, un modelo organizativo
inspirado en el funcionamiento de la universalmente conocida cadena
de restaurantes de comida rápida que también inspira un universal y
fanático
culto
a la velocidad y a la rentabilidad.